Freitag, 13. April 2012

Una noche en Armstrong

Nancy Monroe suspiró aliviada en el interior de su camioneta Chevrolet. Justo después de la curva, y al límite de fundir el motor, pudo ver la primera edificación de la localidad santafesina de Armstrong, sobre la ruta interestatal nueve. Felizmente se trataba de una estación de servicio, lo que ella necesitaba.
Era uno de esos sofocantes días de enero, calor multiplicado subjetivamente por el hecho de ser domingo. Quince kilómetros atrás, la camioneta, alquilada en Buenos Aires,  había comenzado a emitir alarmantes señales de recalentamiento. Un pinchazo en la manguera del radiador, según le explicaron al día siguiente, le hizo recordar aquello de que las cosas existen a partir de que dejan de funcionar.
El hecho de la llegada de una turista norteamericana a Armstrong no tenía nada de extraordinario en sí mismo. Pero Nancy era sobrina-nieta de Neil Armstrong, el astronauta de la Apollo XI, el primer hombre en pisar la luna.
Pensó en la sonrisa  que produciría en su analista cuando le cuente la  coincidencia al regresar a Illinois.
De hecho, ella llevaba con orgullo este parentesco, y secretamente se sentía  parte de la  familia de navegantes  pioneros junto a Colón, Cook, Amundsen. Había heredado de algún modo la pasión por esas causas casi imposibles, y el amor por los viajes. A los que agregó  sus conocimientos del idioma castellano y su doctorado en “Espectros electromagnéticos”.
Quizás por estas razones, o alguna de ellas, la NASA la eligió para proponerle una investigación en la Argentina sobre un hecho que hacía años los tenía desconcertados: el celeste del cielo en el noroeste argentino es difícil de encontrar en cualquier otro lugar del mundo. Nancy debía ocuparse de medir la longitud de onda que aquel color celeste producía. Longitud de onda que se mide en Angstroms y no Armstrongs como ella incansablemente se encargaba de corregir a sus alumnos del instituto.
Por eso llevaba costosos y modernos equipamientos  en la caja de su camioneta, capaces de medir la diez millonésima parte de un milímetro, rango en el que se mueven los colores.

Resultaba difícil saber si la estación de servicio se encontraba abierta. Eran las tres de la tarde y el único ser vivo que pudo ver era un perro color canela que dormía despatarrado junto a los surtidores de nafta y bajo la protectora sombra del techo de fibrocemento. Luego sabría que la mascota respondía al nombre de Jatorne, aunque de escritura más sutil.
Con el motor aún echando humo, Nancy se apeó. Su camisa floreada empapada en sudor y sus rizos castaños que, marchitados, le caían pesadamente sobre los hombros. Los pies en sus sandalias respiraron aliviados al salir de la camioneta en cuyo interior habría una temperatura de unos cincuenta grados.
Se dirigió a la oficina. Al costado de la puerta, un cartel publicitario viejo y descolorido, anunciaba venta de helados “Frigor”. El empleado le dijo que era inútil pretender que alguien se ocupara del motor en aquel día. Le recomendó hospedarse en el motel “El Palacio” que quedaba al lado y esperar hasta el día siguiente en el que regresaría el mecánico.
Tomó su mochila y caminó hacia la recepción del motel  “El Palacio”. El palacio de Armstrong. El palacio de la luna. Ocurrencias de tipo austerianas.
Luego de registrarse fue a su habitación, se duchó con agua fría, y se tendió en la cama para descansar un rato.
A la hora de la cena fue al salón-comedor. Había cuatro o cinco mesas dispuestas frente a las ventanas desde las que se podia observar el escaso tráfico en la ruta.
El mismo hombre que la registró le tomó el pedido:  cerveza Santa Fe y un sandwich de milanesa.
El ventilador de techo, al modo de la película Casablanca, giraba con exasperante lentitud en el centro del salón. En la televisión, un canal sensacionalista anunciaba terrible accidente fatal en la ruta de la costa atlántica. Le resultó llamativo que la música de fondo del noticiero fuera “Stars and stripes forever” del compositor de su país, John Sousa.
Un hombre anciano estaba sentado en la mesa del rincón. Escribía  lentamente en un cuaderno rojo. Cuando Nancy entró al salón ella percibió que el hombre levantó la vista y la miró por un instante. Quizás porque  su presencia era la primera visita desde la pasada fiesta de año nuevo.
Quizás por la llamativa figura de Nancy. Alta, esbelta, de cintura muy ceñida y un andar enigmático, como si con sus pasos recorriera distancias mayores que las que efectivamente realizaba.
No pasaron muchos minutos hasta que el anciano la invitó a sentarse junto a él.
Se llamaba Luis Seborg, ultimo descendiente de una familia sueca que hacía tres generaciones se habían afincado en la zona.
Un hombre apasionado por la literatura. Al jubilarse se dedicó a escribir y a leer lo que en sus años jóvenes había ido postergando por su trabajo en la reparación de molinos de viento destinados al bombeo de agua.
Jatorne era su fiel amigo, bautizado Hawthorne, pero la pronunciación local del inglés produjo el cambio.
Luego de que Nancy explicara el motivo de su viaje y mientras  engullía su cena, Luis le contó que últimamente estaba releyendo algunas obras de Goethe y que siempre le había interesado la oscilación del escritor entre la literatura y la ciencia. Por ejemplo, y es un hecho desconocido por mucha gente, Goethe había incursionado seriamente en el mundo de la química, ocupándose con teorías sobre la luz y el color, de manera casi contemporánea a Newton.
Nancy empezó a escuchar con otra atención.
Luis quería encontrar en la personalidad del poeta alemán algún puente singular, subjetivo, acaso la conexión entre el genio de las palabras y su interés por la química de la luz, dicho a su modo, entre el autor y su personaje, Fausto.
Recordó que las últimas palabras de Goethe antes de morir fueron: Luz, más luz.
Como si hasta en el ultimo momento y por su insaciable interés por la verdad, Goethe hubiera querido llevarse toda la luz posible para poder ver mejor lo que había por descubrir del otro lado de la vida.
Sea como sea, a continuación Luis compartió con  Nancy una breve reflexión sobre los colores, el modesto resultado de sus lecturas sobre el tema. 
Según Luis, cada color existe a partir de que tenemos un nombre para él. Dio como ejemplo una historia acontecida en una remota aldea esquimal frente a las costas de Groenlandia.
Los esquimales tiene más de ciento setenta variaciones de la palabra “blanco”, allí donde a los occidentales nos basta con dos o tres blancos diferentes, para los esquimales el blanco y sus variantes son su propio universo de colores.
Una madrugada, por uno de esos azares meteorológicos, un globo verde, de aquellos que se venden en los parques,  aterrizó en medio de los iglús.
Cuando los esquimales se despertaron e iniciaron sus actividades cotidianas,  pasaron docenas de veces junto al globo sin verlo, o sin prestarle atención, pues no tenían palabra para ese color y por lo tanto era como si no existiera en su campo perceptual. Para ellos el globo verde podía haber estado allí desde siempre, o no. Daba igual. Al carecer de un nombre para ese color, sencillamente les pasaba desapercibido.
Hasta que uno de los niños que correteaba jugando por ahí, tropezó cayendo precisamente sobre el globo, el cual sorpresivamente explotó. La gente que estaba cerca se acercó con curiosidad. Uno de ellos  tomó los elásticos  restos del globo entre las manos y dijo “tum-buctu”, que en su idioma significa el-blanco-que-tiene-sonido. A partir de ese día, el color verde pasó a formar parte de la “paleta” perceptual de los esquimales.
Hertzios en Angstroms, traducía aún científicamente Nancy en sus pensamientos. Distintas longitudes de onda, distintas frecuencias, distintos canales perceptivos para el mismo fenómeno, la onda electromagnética.
Para Luis, esta anécdota le convenció de que lo esencial del color es su nombre antes que su superficie, superficie que según Husserl es la íntima cualidad del color, lo que queda tras la reducción fenomenológica. Quitas la superficie y no tienes color. Pero si tienes la superficie y no tienes un nombre para el color es lo mismo que nada.
Y, concluyó Luis, esta era la profunda corazonada de Goethe, ciertos fenómenos químicos, como la luz, solo pueden ser aprehendidos después de tener palabras para ellos. Para Luis el verdadero descubridor del mundo es el poeta, pues inventa las palabras con las cuales  el mundo toma forma y que recién  luego la ciencia viene a explicar.

Luego hablaron de otras cosas y cuando se hizo tarde, Nancy, de algún modo emocionada por la conversación, agradeció la cálida velada y se despidió.

Al otro día, con la camioneta ya reparada, emprendió su camino hacia las Salinas Grandes en el límite entre las provincias de Catamarca y Córdoba.
Mientras conducía pensaba si acaso el fenómeno que iba a investigar se trataba menos de una cuestión de longitud de onda que de la palabra “celeste”. Pensó por ejemplo, en incluir en su trabajo el pedirle a la gente del lugar que con sus palabras describieran el celeste del cielo. Quizás en otras partes del mundo no se ve ese color celeste sencillamente porque en otros idiomas no hay una palabra igual y si la hay carecerá de las resonancias y significados locales. Si fuera así, se encontraría en dificultades para explicárselo a la NASA. La determinación simbólica del color, uhm… De alguna manera esta era su primera aproximación profesional y personal a aquello de que “al principio era el verbo.”

Mientras pensaba estas cosas escuchaba la radio. Tras sus reiterados viajes a la Argentina había tomado la costumbre de sintonizar la AM, en lugar de la FM. La amplitud modulada emite ondas hertzianas de frecuencia mucho más cercana a la voz humana, y quizás por eso le resultaba tan cálida. Para su sorpresa se dio cuenta que  la melodía que sonaba era Blue Moon, en la versión de Louis Armstrong. Ella intuía que todas estas coincidencias indicaban algún cambio buscado en su vida, y que ahora podía empezar a ver, a reconocer.
Su analista volvería a sonreír.